miércoles, 4 de agosto de 2010

El Último Asalto

Cuando los compañeros de Raúl lo vieron por primera vez,
inmediatamente saltó uno y dijo: este se parece a “Bambám”. Por
la fonética del apelativo imaginé alguna relación con Zamorano, el
reconocido futbolista chileno de idéntico mote, pero esa no era la
razón. Era por el rostro de niño noble y la fortaleza física un tanto
tosca de Raúl, atributos que alguien comparó con un famoso bebé
forzudo de una conocida tira de animados norteamericana. Nadie
de todos los que conocieron la participación de 12 jóvenes
oficiales del PC en la  Ofensiva Final de noviembre de 1989 en la
guerra de El Salvador, recuerda particularmente a Raúl, pero
nadie ha olvidado a Bambám, ni a Víctor Otero, Volodia Alarcón y
Cristian Bascuñan, tres de sus compañeros caídos en combate en
esa guerra. 

Al llegar a Cuba en 1986 el promedio de edad del grupo no
superaba los 18 años, uno de ellos, de capacidad sobresaliente y
que todos llamaban “Cabro chico”, tenía 15 años cuando
comienzan la preparación militar en la Isla de la Juventud en
Septiembre de ese mismo 1986. Con esta historia el “Cabro
Chico” dejaba sin validez la exclusividad del record establecido por
Torito en el primer curso de cadetes en el lejano 1976. En 1986,
diez años después de Torito, otro niño chileno comenzaba su
preparación de oficial con apenas quince años de edad. Un hecho
establecía una radical diferencia entre estos dos niños comunistas
con sueños de guerrero libertador. Torito iniciaba su aventura de
la vida cuando aún ni se conocía la Rebelión Popular, el niño del
86 comenzaba su preparación militar en septiembre de ese año,
en el preciso instante que la Comisión Política del PC advierte los
primeros indicios del ocaso de la Rebelión, al menos en sus
aspectos más beligerantes. El grupo de Raúl incluyendo al “Cabro
chico” ahora con 17 años, se graduó en julio de 1988, a escasos
meses de la derrota del dictador en el plebiscito de octubre de
1988. 

Treinta y seis alumnos se graduaron en el grupo de Raúl, e
inmediatamente comenzó su dispersión. No terminaban aún de
disfrutar las vacaciones en las calientes playas cubanas, cuando
partieron rumbo a Nicaragua en agosto de 1988. En brevísimos
plazos son agrupados en pequeños destacamentos de no más de
tres y los dispersan por el inmenso teatro de operaciones que
ocupaban los BLI. Caminaron tanto como sus veteranos
compatriotas y de cuando en cuando trabaron combates fugaces
contra un enemigo escurridizo y veloz. En 1988 y comienzos de
1989 los combates comenzaron a amainar, todo indicaba que la
solución al conflicto en Nicaragua venía por el lado electoral. En
febrero de 1989 el grupo de Raúl estaba de regreso en Cuba. 

En Cuba el Grupo se redujo aún más,  el “Cabro chico”, titulo de
oro en su graduación, regresó al país junto a un pequeño número
de sus compañeros, todos con una situación legal y normal que no
precisaba infraestructura ni documentación. Finalmente doce de
ellos regresan a Nicaragua a comienzos de abril de 1989 y
apresuradamente fueron destinados como instructores a una a
escuela básica de preparación de “cachorros”. En tres meses
habían impartido dos cursos de preparación básica y comenzaron
a inquietarse, era mitad de 1989 y comenzaron a sentir la
necesidad de continuar con su lógico esquema de superación. No
podían seguir eternamente en Nicaragua, demasiados
compañeros ya no estaban, una buena parte en Chile mientras
ellos continuaban con una rutina en escuelas de instrucción
elemental. El grupo se incrementó con un pequeño número
remanente de oficiales de un curso anterior al de ellos, también
varados en medio de los últimos estertores de esa guerra
conocida. Entre reflexiones y aspiraciones comenzaron a
reclamar, a exigir cambios de rumbo, era Junio de 1989 y al
dictador aún le quedaba un poco más de medio año en el
gobierno, para ellos nada había cambiado, aún eran tiempos de
enfrentamiento en Chile. Los jóvenes oficiales metidos en los
campos nicaragüenses poco o nada sabían del país.    

Por coincidencia el dirigente del PC Hugo Facio viajó a Nicaragua
y fue la cara visible. Tres fueron las propuestas del colectivo de
oficiales a la dirección del PC: Regreso a Chile, integrarse a las
guerras libradas en Colombia, o en El Salvador. Así la última
misión combativa de los comunistas chilenos en Centroamérica
comenzaba igual como las primeras misiones de los pioneros de
la “Tarea Militar” en los últimos años de la década pasada. Nacía
por un reclamo, una exigencia de abajo hacia arriba, una presión
de estos especialistas por luchar y darle sentido a todo lo que el
propio Partido había indicado. La respuesta para regocijo de los
oficiales no demoró nada, participarían en la guerra de EL
Salvador. En ese preciso momento se planificaba la “ofensiva
final” para noviembre de 1989. Esto tendría sus consecuencias,
ellos no podrían ver al dictador con la banda presidencial, muy
pronto, en marzo de 1990 el dictador daría como un pasito lateral
soltando las riendas del gobierno. 

Doce fueron finalmente los integrantes del nuevo grupo. Tres de un
curso anterior y nueve del grupo original. Víctor Otero era de los
agregados. Al decir de Raúl, en julio recibieron una preparación
acelerada de “salvadoreñismo”, costumbres, vocablos locales,
geografía, tradiciones, “me aprendí hasta el himno nacional”. Poca
mella hizo el curso de costumbrismo salvadoreño en los chilenos,
Raúl recuerda con frescura cada sobrenombre de sus compañeros
que retrataba en el acto el rasgo más sobresaliente de cada uno de
ellos. Para ingresar al país se formaron cuatro grupos de tres
oficiales chilenos, cada uno de estos grupos sería enviado a
diferentes frentes de guerra. El ingreso más común era llegar hasta
Honduras vía aérea y trasladarse por tierra  a territorio salvadoreño.
Todos con pasaportes falsos y una leyenda para resistir sólo
controles rutinarios. Pasaron aduanas y registros migratorios sin
contratiempos, al llegar debieron hacer un vínculo clandestino en
Honduras y contactar con anfitriones salvadoreños. Un hotelito
barato, una dirección en calles y negocios extraños, una seña, unas
palabras y por fin en manos seguras. De los cuatro grupos uno fue
descubierto por patrullas hondureñas en su traslado hacia EL
Salvador. Todos suponen que los militares dieron aviso a sus
congéneres del otro lado de la frontera, cuando el pequeño
destacamento compuesto por seis u ocho salvadoreños y tres
chilenos entraron, los estaban esperando…, y cayeron en una
emboscada.
“Nicotina”, era el más pequeño del grupo, él apelativo era literal con
su adicción, fue el sobreviviente de los chilenos que contaría los
detalles que ahora recuerda Raúl. “En realidad dos compañeros
salieron vivos de la emboscada, Cristian Bascuñan, que le
decíamos “Cateto” y el Nico, él nos contó lo que pasó, los detalles
los vinimos a saber al año siguiente cuando nos juntamos en Cuba.
Fue una emboscada por lo menos de un grupo de combate
enemigo, que es como un pelotón. Dos escuadras, cada una a
ambos lados del sendero, y la otra dispersa de contención a
decenas de metros más adelante. Nico decía que el está vivo
gracias al “Cuervito”, como le decíamos a Volodia”.

¿Y Cristian no murió entonces en ese momento?

“No, sólo salió herido de la emboscada,  muere después con Víctor
Otero en la ofensiva final”.
¿Y que pasó, como es que salen de allí?  

“Nico es el  que nos contó, dice que fue como toda emboscada, en
tremenda desventaja y le llovían las balas por todos lados. Los
salvadoreños y los chilenos pelearon duro, no recuerdo si muere
algún salvadoreño en ese momento. El Cuervito muere tratando de
tapar o agarrar una granada que cayó entre él y Nico en medio de
tremenda balacera, su cuerpo quedó destrozado. Por eso el Nico
dice que le debe la vida. El Cristian sale herido en un hombro pero
nada grave, se curó en los hospitalitos de campaña y participó en la
ofensiva final”. 

En algún momento dijiste que pudieron enterrar a Volodia, “al
Cuervito”, y que incluso fijaron las señas que servirían para rescatar
su cuerpo muchos años después. ¿Cómo hacen eso en medio de
un combate tan violento?
Por lo que contó el Nico, supongo que el pelotón enemigo era de
soldados del servicio militar. Esos no aguantaban mucho, con
cualquier cosa salían en retirada, no era lo mismo cuando uno se
encontraba con tropas de batallones profesionales. “Perros” les
decían a los soldados. Según recuerdo de los relatos del Nico, los
perros se retiraron por el empuje y el movimiento que hace el
destacamento guerrillero, el combate terminó por eso, no por que el
enemigo los haya aniquilado. Por eso ellos pueden enterrar al
Cuervito y precisar las señas del lugar, después  siguen rumbo al
interior y finalmente Cristian y el Nico participan en la ofensiva final.
Allí es donde cae definitivamente Cristian, fue en la retirada
después que la Ofensiva es detenida y los compañeros son
obligados a dejar la ciudad, se combatió en los barrios, calle por
calle, allí sorprenden a Cristian en medio de una balacera. Con el
Loco Otero pasó algo similar, pero según nos contaron después, en
uno de esos últimos combates cae herido uno de sus compañeros y
queda tendido en medio de la calle. Todos están en retirada y ese
compañero se queda atrás, tendido en medio de la calle, en esos
momentos el Loco Otero regresa y se lo echa a la espalda y no
alcanza ni a caminar cuando le disparan de varios lados y muere al
instante. Así cae Otero, y lo de Loco, era por eso, por que era muy
arriesgado, no le importaba enfrentar el peligro.
Ningún otro grupo tendría conflictos en su traslado hasta llegar a las 
zonas rurales de destino. A Raúl le correspondió en las periferias de
la ciudad de Usulután, al sur este  de la capital.  Después de salir de
la “pequeña ciudad” o “pueblo grande”, como indistintamente señaló
Raúl, no habían transcurrido ni quince minutos de traslado en
vehiculo y ya habían hecho contacto con un grupo guerrillero, toda
una sorpresa. Era la antesala de la guerrilla, el “living de la
guerrilla”, le llamó Raúl. Eran pequeños “destacamentos de
expansión” que tenían por tarea precisamente ser puente y puerta
de entrada y salida hacia el campamento principal y a su vez
mantenían contacto directo con la población local y vínculos con
organizaciones sociales de todo tipo. No pasaban de cinco hombres
en un reducido campamento rural muy cercano a un caserío. Casi
todos los pobladores sabían de su existencia. La medida de
protección era la misma población y simples traslados en los
mismos alrededores. Al siguiente día ya estaban en el campamento
principal y a cada uno de los integrantes de su grupo le asignaron
misiones diferentes. A “Cebollita” le tocó el campamento central y
supo como se dirigía y organizaba esa guerrilla desde la jefatura de
un Frente. A Bototo lo trasladan a otro campamento del mismo
Frente más al sur y realizaría cientos de misiones de traslado de
medios materiales para la ofensiva de noviembre. A Raúl lo
asignaron a un destacamento de combate compuesto en su gran
mayoría por jovencitos de entre 15 y 16 años. 

Raúl no a podido olvidar la imagen de Mario, un medico colombiano
de apariencia quijotesca, aserrando en medio del “monte” y sobre
una “camilla” hecha con ramas, el hueso tibial de un guerrillero que
tenía el pie destrozado por una mina “vuela-pata”. El paciente era
precisamente el jefe de Raúl herido por sus propias minas en medio
de una tenaz persecución tras una patrulla del enemigo. Era el
primer combate significativo de Raúl y no había pasado ni una hora
o quizás un siglo, y el jefe estaba neutralizado y los niños
guerrilleros mirándolo y esperando sus decisiones. El era el único
capaz de soportar el peso del jefe herido, en el pequeño
destacamento no había nadie más con posibilidades de cargar con
rapidez al jefe y sacarlo de allí. Por alguna razón le habían puesto el
mote de Bambám. Para el destacamento se terminó el combate y
comenzó la odisea del traslado del jefe herido. Raúl no sabe porqué
soportó tanto con esa carga inerte y quejosa sobre sus hombros a
través de cafetales y trillos peligrosos, estaban a horas de camino
del campamento central. En algún momento del extenuante
ejercicio se percató que había olvidado recursos elementales.
Después de un breve reposo dio algunas indicaciones y en pocos
minutos armaron una camilla de traslado con un largo palo de
monte y las hamacas plásticas que siempre tienen los guerrilleros
del trópico. Todo se aligero de inmediato. Cuando pudieron llegar al
campamento central Mario los esperaba. Estaban avisados por un
buen sistema de comunicaciones en clave radial que nunca falló.
Mario limpió bien la herida, suturó todo lo que pudo suturar, pero no
pudo cubrir con la piel restante del muñón entumecido un porfiado
pedazo de hueso tibial demasiado largo y astillado. No había cierras
en el campamento y el médico se culpó por su falta de previsión. De
repente alguien le insinuó el uso del tradicional machete, Mario ni le
contestó. En un instante y cómo iluminado por una súbita
genialidad, se acordó de su cortaplumas multiusos, esos con una
clásica cruz blanca con fondo rojo que dicen ser de procedencia
Suiza. El medico cirujano aserraría el hueso con paciencia infinita
ayudado por la sierrita del cortaplumas. Por suerte el jefe del
destacamento estaba anestesiado, pensaba Raúl en ese entonces,
mientras sujetaba el extremo del muñón como un asistente
improvisado. Cuando las tensiones amainaron y la herida quedaba
completamente sellada, Raúl le dijo a Mario: “Oficialmente te
nombro mi médico personal”.

La dirección principal de la ofensiva final fue la capital San Salvador
y hacia allí se concentraron todos los esfuerzos en hombres,
armamento y todo tipo de aseguramiento material. Todo el
campamento de Raúl recibió la misión de trasladarse y
concentrarse en un punto determinado en la zona del volcán
Guazapa, muy cerca de la ciudad. Lo extraordinario fue que la
mayoría se trasladaría en pequeños grupos todos bien afeitados y
vestidos como cualquier citadino a buscar un vínculo clandestino en
las periferias de la capital. Otros destacamentos y la logística
habrían hecho largos y riesgosos desplazamientos. Quince días
antes, todos estaban instalados y recibieron las tareas preparatorias
para la gran ofensiva final…, su nombre encerraba la determinación
de una estrategia definida por la Comandancia General del FMLN,
sería la última…, la de la victoria.
  
En las dos semanas que antecedieron al combate final, Raúl junto a
Joel, un salvadoreño joven astuto, decidido y de pocas palabras
recibieron la misión de conocer al dedillo un pequeño sector
periférico de la ciudad cruzado por un río semi seco, con un puente
que a todas luces era el punto principal de todo el sector a estudiar.
El camino no pavimentado era una salida absolutamente secundaria
por el norte de la ciudad hacia ese sector semi rural y periférico.  No
lejos de allí Joel instaló su base de operaciones, era la casa del
“Primo” y su mujer Anita, una casa segura para los guerrilleros
francamente situada en el sector rural, pero cercana a la zona de
operaciones. “Primo” no era primo de nadie, lo llamaban así:
“Primo”. Para llegar desde la casa al sector indicado a estudiar,
Raúl y Joel caminaban por senderos hacia el sur y al rato cruzaban
un río de laderas abruptas con forma de pequeño cañón, un par de
horas más tarde estaban en la zona encomendada. El par de
semanas que faltaba para la ofensiva final les bastó para conocer
todos los detalles del terreno y de la gente más cercana. Su misión
era simple, impedir un probable cruce de los “perros” por el río hacia
el norte. En otras direcciones se hacían los esfuerzos principales y
por allí se podía esperar alguna maniobra de envolvimiento. El
destacamento de Joel cumpliría una misión defensiva secundaria en
su propio Frente como parte de la Ofensiva Final. Raúl no sabe si
es por el tipo de misión o por la carencia de hombres más hechos
que su destacamento otra vez estaba compuesto en su mayoría por
jovencitos de entre 15 y 16 años. Joel era el mayor y con más
experiencia, tenía 22 años, Raúl 19.

La Ofensiva Final comenzó en todo el país a las cero horas del 11
de noviembre de 1989. El pequeño destacamento de Raúl no tuvo
ninguna dificultad en el traslado hacia unas pequeñas elevaciones
dispuestas justo al lado norte del río y el puente a defender. Desde
la posición de observación de Joel, al sur quedaba la ciudad, a su
espalda el norte la periferia y el campo. En horas ya estaba
preparada la defensa, distribuidos los bisoños guerrilleros y
bloqueado el puente con todo aquel vehiculo que esa noche intentó
cruzar. Inmediatamente a la salida del puente en la dirección norte,
los guerrilleros con la total colaboración de la población cercana
abrieron una inmensa zanja. Por allí no podría cruzar ningún
vehiculo de los soldados enemigos. A ambos lados del río no había
casas cercanas. A la izquierda del puente estaba la zona más
desprotegida.

Al amanecer divisaron los primeros soldados. Se acercaban con
sigilo en medio del descampado casi justo frente a ellos, ya estaban
a tiro de un fusil certero. Joel casi al centro del sector, y Raúl como
en una franja móvil se desplazaba protegido prestando especial
atención a su flanco izquierdo. En algún minuto Joel indicó abrir el
fuego, los soldados tendidos justo en su frente eran presa fácil de
los guerrilleros. De todos lados disparaban y de cuando en cuando
una tanqueta realizaba el fuego, los guerrilleros se escondían y los
soldados avanzaban protegidos por los accidentes del terreno. La
situación no cambió drásticamente hasta que Raúl percibió que todo
lo que se hacía por el frente eran medidas de encubrimiento y
distracción. Por el flanco izquierdo los soldados ya habían cruzado
el río y disparaban intentando subir, mientras otros se desplazaban
por detrás de las elevaciones del flanco derecho. Combatían
intensamente y Raúl gritaba exigiendo disparar sólo cuando el
enemigo se hiciera visible, las municiones se agotaban de manera
peligrosa y los niños guerrilleros soltaban ráfagas en cualquier
dirección, mientras Raúl corría de un lado a otro intentando tapar
brechas y previendo lo inevitable. Los guerrilleros pueden haber
soportado el empuje de hasta una Compañía enemiga por no más
de cuatro horas.  En algún momento estaban flanqueados por
ambos costados. No había tropas amigas contiguas con quién
establecer la cooperación, ni existían reservas en la retaguardia. 
Joel advierte inmediatamente el peligro y ordena la retirada, el
enemigo flanqueaba pero aún no era visible. Salieron con cierto
orden y lo más rápido posible. No esperaban que más adelante,
mientras se desplazaban, el enemigo se acercaba velozmente a la
dirección de su salida. Cuando la hilera de una veintena de
guerrilleros corría como encorvados hacia el norte a campo traviesa
protegidos por una vegetación rala, se encontraron por su flanco
izquierdo con numerosos soldados, talvez a menos de 80 metros de
distancia. La balacera se hizo infernal y los guerrilleros disparaban
de lado y corriendo, los soldados se tendieron e intentaban disparar
apoyados, como cazando a los guerrilleros en su veloz
desplazamiento. No existía ninguna otra salida, quedarse allí era la
muerte segura. Joel gritaba instando a todos a salir, a correr,
disparaba y gritaba, avivando enardecido, como extraviado, portaba
una ametralladora M60 que quemaba, disparaba, miraba a todos,
corría, gritaba y vuelta disparar su M60 y los guerrilleros niños en
hilera corriendo, salvándose, viviendo. Raúl no se despegaba de su
lado, y lo imitaba, eran los últimos, los jefes, los mayores, los
adultos.
En algún momento cuando faltaba poco para alejarse de la intensa
balacera, cuando la mayor parte del destacamento a rastras se
internaba en el monte, cuando hasta los heridos cojeando
desaparecían de su vista, Raúl recibe una andanada de tiros en
ráfaga mientras disparaba a escasos metros de Joel. Lo más
violento fue en su cabeza, sintió un impacto atronador, como si lo
hubiesen golpeado con la misma consistencia de un riel de línea de
ferrocarril. Al instante lo abrazó un silencio total, extraño, como un
vacío, la nada misma  en medio del infierno.  Raúl era un agnóstico
empedernido y al momento de reconstruir su historia lo sigue
siendo, pero repite una y mil veces que él salió de su cuerpo, que
en un momento se vio tirado en el suelo y su cuerpo  como ajeno, 
ensangrentado, y él flotando sin peso, en medio de esa locura
silente y como “en cámara lenta” y casi sin perspectiva de
profundidad. Desde su irracional altura vio con claridad desde
donde los soldados estaban disparando. Posiblemente su viaje por
el limbo de la vida no duró ni un segundo, en seguida bajó y aún
recuerda con absurdo detalle su oreja izquierda llena de sangre en
los precisos instantes que percibe como entra a su cuerpo caído y a
lo lejos escucha su nombre gritado por Joel. Joel lo hala y lo
remueve, ya sin su M60, lo grita mientras con su mano libre dispara
con su pistola. Raúl como zombi se levanta y mal corre, a tientas,
casi no ve, apenas siente a Joel que dispara, que lo empuja, lo
grita, lo anima. ¡Corre Raúl… corre… dale… corre!  

Y Raúl no corrió, trastabilló y cayó muchas veces, después medio
caminó, todo aparecía doble y lejano, brumoso y descolorido. No
sabía si la lejanía de todos los ruidos se debía a la distancia
recorrida o simplemente que casi no sentía nada. A Joel nunca más
lo vio ni lo escuchó. Caminó alejándose con las alturas del Guazapa
como única referencia, las veía doble, hasta descubrir que cerrando
un ojo todo se tornaba más nítido. La sangre corría por su mejilla
izquierda y le empapaba la ropa, el brazo derecho estaba
sangrando y cuando pudo reparar en ello, vio su antebrazo con un
hueco profundo mucho más grande del que pudiera provocar un
proyectil. Tomó un pañuelo “roji-negro” con las siglas del FMLN y
trató de frenar la hemorragia. En las piernas no sentía nada, no se
detuvo, todo lo hizo caminando, en algún instante reparó que su
pecho también sangraba y lo sentía caliente, extrañamente nada le
dolía. Metió su brazo semi vendado entre la camisa verde olivo y
apretó las heridas del medio de su pecho y así continuó su camino. 

Caminó y caminó medio perdido en dirección a las alturas y con la
infinita esperanza de encontrar el río ese que parecía un pequeño
cañón, con sus laderas abruptas, por allí estaba cerca la casa del
Primo y de Ana. 

¿Cuánto tiempo caminaste así, Raúl?

“No se, el combate se desarrollo en la mañana, salimos de allí como
a mitad de la mañana, puede ser dos o tres horas y encontré una
casa, se veía muy lejos y cada vez que me acercaba, la casa se
veía más lejos aún. Allí encontré un campesino y a su mujer,
estaban muy asustados cuando me vieron llegar, me dieron un poco
de agua y les pedí que me dejaran descansar un rato, el hombre
lleno de miedo  me llevó a un escondrijo en medio de un cafetal, allí
medio dormité y me di cuenta de mis posibilidades. No sabía que
tenía en la cabeza ni en el pecho, me tocaba los huecos de la
cabeza y sentía el hueso, no me dolía y ya no sangraba, después
supe que tenía tres surcos hechos por los proyectiles sin llegar a la
membrana interior, en el pecho pasó algo parecido, una bala cruzó
los pectorales de lado a lado arrancando músculos y piel sin tocar
un hueso, en el antebrazo tenía un trozo de piedra metido entre los
dos huesos, el radio estaba astillado, después me explicaban que
por todas esas razones no me había desangrado. Al rato de estar
descansando me sentí que podía seguir, los soldados
perfectamente podían estar de cacería. Estaba muy cerca de donde
habían sido los combates. Me fui de allí igual, caminando y lo mas
extraordinario para mi en esas circunstancias, es que los
campesinos me indicaron con precisión donde quedaba el río con
forma de cañón. Caminé un poco mejor, abriendo y cerrando un ojo
hasta que al atardecer por fortuna llegue al río, no se cómo lo cruce,
creo que me fui tirando sentado de escalón en escalón que están
hechos en sus laderas, y después subí gateando con una mano. Al
rato encontré una casa de campesinos que me recogieron y me
atendieron, ya era casi de noche, hicieron todo lo posible por
ayudarme, allí ya me sentí más seguro y tranquilo.. Estos
campesinos conocían al Primo, estaba bastante lejos, era de noche
y lo fueron a buscar al amanecer del otro día. ¿Sabes quién
apareció como al medio día?

No, no se, el Primo, ¿no?

“Apareció Anita, su esposa, la esposa del Primo que decía que yo
era su hermano… ¿Y sabes quien vino con ella? 

No, no se… ni me lo imagino.

Llegó con Mario, ¿te acuerdas? ¡Mi médico personal…! cuando lo vi
me dije…, de esta escapé1”. 
                                                
1
 Entrevista con Raúl. Fue el único oficial participante que sale herido de esta Ofensiva Final. No me fue  posible contactar con los otros participantes, todos con experiencias combativas muy similares a la vivida por Raúl y por sus tres camaradas muertos en combate.   

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